lunes, 7 de febrero de 2011

CUENTO

Todos ignoraron esa sombra aclarecida en tan lucido día redondo, la carne de una luz caminaba en pastizales ajenos sumiéndose entre arboledas dinámicas que con el viento aguardaban salidas, ahora era un monstruo aterrador con dientes afilados, al principio era solo un perro, de vez en cuando un conejo, poco después la pasividad de el, lo arriesgaba a un corte de entrañas.
El sol aguardaba aun tras las montañas y el verde se desvanecía lento en la tierra, una ventisca se aproximaba en el cuadrilátero del desafío, el miedo atacaba de nuevo, las venas se veían menos como si se escondiesen, como si la masa se hiciera fuerte e inflada, la agonía sobrenatural de la vista bordaba de nuevo la noche.
Del cielo los destellos comunes, la iluminación no era escasa, los dientes emergieron de aquella brisa, la transformación marcaba la vigilia viscosa de tan agobiante sentimiento, matices identificaban el peligro verdes degradados en los ojos.
Antes solía dormir, las brisas y el rocío eran sus sentidos, era inevitable contrastar los días pasivos de observar el cielo y de matices naranjas y cafés en su alma.
Ese día soñó que no volvería a despertarse viendo aquellos dientes, que Esta vez no soñaría el peligro y las sombras serian su respaldo.
Pero debajo de las sombras yacía aquella criatura callada que bailaba en días grises cuyos despojos blanqueaban el verde de los filos de el suelo.
De nuevo los sueños fallaron, pero el agua que brotaba de ella seria el aviso para erradicar al baile de aquel “tigre”.

Esa fue una noche de vigilia, la somnolencia atacaba, hallábase un sol opaco y un frío plano, la deformación del monstruo inundo de incertidumbre, uno de sus dientes cayo al suelo, su ojo escurrido ahora hacia remplazo a su diente, no por mucho tiempo sus cejas se quedaron en su lugar, y su cara se desgarraba poco a poco, como si fuese una vela se derretía su forma, su masa colapsaba en hojas naranjas, cafés, amarillas…era otoño.

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